¡Dani Alves es inocente! Así lo acaba de confirmar el Tribunal Superior de
Justicia de Cataluña, que ha dejado sin efecto la condena por agresión sexual
que lo tuvo un año entero preso injustamente, lejos de su familia, su carrera
y su libertad. Pero, ¿quién responde ahora por ese calvario?
Un montaje que se derrumba
El tribunal fue claro: no hay pruebas suficientes, no hay ADN, no hay
coherencia en el testimonio de la denunciante y, sobre todo, no hay delito.
Lo que sí hubo fue un juicio mediático, una condena anticipada, y una justicia
contaminada por intereses políticos y presión feminista. La misma jueza que lo
mandó a la cárcel fue la que compró sin dudar la versión de una mujer que
entró sola al baño, estuvo allí 16 minutos, y después salió diciendo que había
sido forzada.
¿Dónde quedó el derecho a la presunción de inocencia?
¿Dónde quedó la imparcialidad?
No fue un caballero, pero tampoco un violador
Alves lo ha reconocido: se portó como un patán, tuvo sexo en un baño de una
discoteca y después salió huyendo. Pero eso, en cualquier país serio, no lo
convierte en un criminal. Ser infiel no es delito. Ser cobarde, tampoco. Lo
que no hizo fue violar a nadie. Y eso es lo que importa.
Irene Montero, a la cabeza del circo.
Y mientras tanto, desde su púlpito ideológico, Irene Montero no ha perdido la
oportunidad de arremeter contra la justicia cuando no le gusta el resultado. La
ministra ha dicho que la sentencia “culpabiliza a la víctima”, cuando en realidad
lo que hace es decir la verdad: que no todo lo que se denuncia es cierto, y
que hay que probar los hechos antes de destruirle la vida a una persona.
¿Quién le devuelve a Alves el año de cárcel? ¿Quién paga
el linchamiento público?
Esto no fue justicia, fue un espectáculo. Y mientras muchos callan ahora que
salió inocente, durante meses lo llamaron violador, agresor, monstruo. ¿Y la
denunciante? Ni una sola consecuencia. ¿Y los políticos que usaron su
caso como bandera? Siguen ahí, cobrando.
Dani Alves fue absuelto. La justicia lo dijo alto y claro. Pero el daño ya
está hecho. Y eso, sí que es una vergüenza.
