Unidad Investigativa – El Ultimo Renglón
¿Existe realmente el llamado Cartel de los Soles? ¿O se trata de un fantasma construido desde Washington para justificar sanciones, presiones diplomáticas y hasta un eventual escenario de intervención militar contra el régimen de Nicolás Maduro?
La discusión no es nueva, pero en los últimos meses ha vuelto a cobrar fuerza tras la decisión de Estados Unidos de designar al supuesto grupo como “organización terrorista internacional” y de elevar la recompensa por el arresto de Maduro a US$50 millones.
El debate sobre el Cartel de los Soles es, en sí mismo, un espejo de la confrontación política que enfrenta a Caracas y Washington desde hace más de dos décadas. Para algunos analistas, sí existe una estructura criminal incrustada en las Fuerzas Armadas de Venezuela. Para otros, se trata de un término demasiado flexible, usado como comodín para vincular al chavismo con el narcotráfico, sin pruebas sólidas de una organización jerárquica y unificada.
La pregunta de fondo sigue sin respuesta: ¿estamos ante un cartel real o ante un cartel “útil”?
Orígenes difusos
El término Cartel de los Soles apareció por primera vez en la prensa venezolana a inicios de los años 90, cuando altos mandos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) fueron acusados de colaborar con el tráfico de cocaína hacia Estados Unidos.
El general Ramón Guillén Dávila, jefe de la unidad antinarcóticos de la GNB, fue señalado de haber introducido más de 20 toneladas de cocaína a territorio estadounidense, en el marco de un polémico programa de infiltración coordinado con la CIA. Su sucesor, Orlando Hernández Villegas, también quedó bajo sospecha.
Las estrellas doradas que los generales llevan en los hombros —los llamados soles— dieron nombre a la supuesta organización. Desde entonces, el término se ha utilizado como un cajón de sastre para describir a cualquier militar venezolano acusado de nexos con el narcotráfico.
Chávez, las FARC y la ventana de oportunidad
Con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, la relación con Estados Unidos se deterioró rápidamente. La cooperación militar y de inteligencia con la DEA se cortó de raíz. Según especialistas en crimen organizado, ese vacío de control abrió el camino para que oficiales de medio rango en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) establecieran acuerdos con grupos criminales.
El conflicto colombiano también jugó un papel clave. La ofensiva del presidente Álvaro Uribe contra las FARC obligó a la guerrilla a refugiarse en zonas de frontera venezolana. Allí encontraron no solo un espacio seguro, sino también aliados para movilizar cocaína hacia el Caribe y África Occidental.
Exagentes de la DEA como Wesley Tabor sostienen que, en ese momento, muchos funcionarios venezolanos comenzaron a beneficiarse directamente del negocio: desde policías locales hasta mandos militares encargados de controlar aeropuertos, pistas clandestinas y puertos.
La narrativa de Washington
En 2020, el Departamento de Justicia de EE.UU. acusó formalmente a Maduro y a varios de sus principales colaboradores —entre ellos Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López y Hugo “El Pollo” Carvajal— de conspirar con grupos armados colombianos para enviar toneladas de cocaína a Norteamérica.
El relato estadounidense va más allá del narcotráfico: describe al Cartel de los Soles como un sistema criminal con vínculos con Hezbolá, Rusia e Irán. En esa lógica, no se trata solo de cocaína, sino de un eje de alianzas que mezcla crimen organizado y geopolítica.
Sin embargo, buena parte de esas acusaciones se basan en testimonios de exfuncionarios desertores, como el exjefe de seguridad de Cabello, Leamsy Salazar, quien en 2014 aseguró que su antiguo jefe dirigía personalmente el cartel. Caracas respondió que se trataba de un montaje, una operación de inteligencia encubierta para desacreditar al chavismo.
“Existe y no existe”
Expertos como Mike LaSusa, de Insight Crime, afirman que el Cartel de los Soles no es un cartel al estilo del de Medellín o Sinaloa, con jerarquías y jefes visibles, sino un “sistema de corrupción descentralizado”.
Raúl Benítez-Manaut, investigador de la UNAM, coincide en que no hay un “capo supremo” al mando, sino una red flexible de oficiales que se van rotando conforme ascienden, se jubilan o son reemplazados. Lo que permanece es el acceso estratégico: puertos, aeropuertos, selvas y costas venezolanas que facilitan la exportación de cocaína.
En palabras de un exfuncionario antinarcóticos consultado: “No se puede hablar de un cartel único, sino de múltiples grupos conectados por la permisividad del Estado”.
La duda estratégica: ¿un pretexto político?
El punto más polémico es si las acusaciones forman parte de un esfuerzo estadounidense por justificar acciones de presión extrema —incluida la vía militar— contra Maduro.
Preguntas incómodas surgen en este terreno:
¿Por qué solo los aliados políticos de Trump y figuras como Marco Rubio insisten en usar el Cartel de los Soles como narrativa central?
¿Por qué gobiernos progresistas como el de Gustavo Petro descartan su existencia y lo definen como un “invento de la extrema derecha”?
¿Podría estar EE.UU. reconfigurando sus intereses en el narcotráfico, buscando rutas alternas tras los golpes a los corredores colombianos?
La sospecha de que Washington magnifica el fenómeno para consolidar una narrativa de “narcoterrorismo” no es menor. En política internacional, las etiquetas importan: convertir a Maduro en “capo” no solo lo aísla diplomáticamente, también abre la puerta legal a operaciones más agresivas.
¿Una guerra en el Caribe?
Otro ángulo poco explorado es el regional. Si Venezuela es convertida en sinónimo de “narcoterrorismo”, ¿qué significa esto para sus vecinos caribeños?
Algunos analistas sugieren que podría gestarse una “guerra de rutas” en la que países que no cooperen con el modelo de control estadounidense —Cuba, Nicaragua, incluso algunas islas del Caribe oriental— terminen señalados como cómplices.
El Caribe, históricamente usado como puente de cocaína hacia Europa y EE.UU., podría convertirse en el nuevo tablero de disputa entre la supuesta junta del narcotráfico incrustada en Venezuela y los intereses de Washington.
Entre la corrupción y la geopolítica
Lo que sí parece claro es que, más allá de etiquetas, Venezuela funciona como un hub logístico en el tráfico global de drogas. Las rutas aéreas y marítimas que atraviesan su territorio son demasiado rentables para no estar controladas por actores armados.
La cuestión es si ese control constituye un cartel en sentido estricto o un mosaico de actores que aprovechan la falta de Estado de derecho y la permisividad oficial.
Mientras tanto, el régimen de Maduro continúa negando todo, y EE.UU. eleva cada vez más el costo de esa negación: sanciones, recompensas millonarias y acusaciones de terrorismo.
Conclusión: ¿cartel, mito o herramienta?
El Cartel de los Soles se mueve en un terreno ambiguo, donde lo real y lo político se entrelazan.
Sí, hay evidencias de oficiales venezolanos involucrados en narcotráfico.
Sí, existen testimonios y condenas judiciales de exmilitares chavistas en tribunales estadounidenses.
Pero también es cierto que la narrativa del “gran cartel” beneficia a Washington en su estrategia de aislamiento y presión contra Caracas.
En este sentido, quizás la respuesta sea que el cartel existe y no existe al mismo tiempo. Existe como red de corrupción militar que facilita el tráfico de drogas. No existe como estructura criminal unificada que opere bajo un mando único.
Lo que sí está en juego, más allá de las definiciones, es el uso político del término. Y en esa arena, el Cartel de los Soles seguirá siendo tanto un actor criminal como un recurso narrativo de la geopolítica hemisférica.
Preguntas abiertas para el debate:
¿Es el Cartel de los Soles un pretexto para justificar la estrategia de “narcoterrorismo” de EE.UU.?
¿Arriesgara Trump su imagen en el caribe con una intervención militar en Venezuela?
¿Estamos presenciando el inicio de una guerra silenciosa por el control de las rutas del Caribe?



