Por Unidad Investigativa
Cuando Ovidio Guzmán López, alias “El Ratón” e hijo del Chapo Guzmán, se declaró culpable ante la justicia de Estados Unidos, se abrió la posibilidad de que sus confesiones comprometan a figuras del poder político y militar en México. Sin embargo, el alcance del narco ya no se limita a ese país. Desde Venezuela hasta Chile, pasando por Colombia, Uruguay y Costa Rica, el crimen organizado ha cruzado barreras históricas y fronteras geográficas, infiltrando estructuras estatales de manera cada vez más sofisticada y profunda.
Más de tres décadas después de la muerte de Pablo Escobar, su célebre fórmula —“plata o plomo”— sigue vigente, pero con una arquitectura criminal modernizada, diversificada y global. Hoy, los carteles ya no sólo compran conciencias: construyen redes empresariales, financian campañas, administran obras públicas y participan en la economía formal de la región. Su alcance plantea un desafío transnacional que rebasa a los gobiernos nacionales.
México: Estado bajo asedio
La reciente disputa pública entre el abogado de Ovidio Guzmán y la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum —acusada de ser “relacionista pública del Cártel de Sinaloa”— expuso una fractura más profunda: la del Estado mexicano frente a sus propios límites para contener el crimen organizado.
La captura y posterior liberación del general Salvador Cienfuegos en EE.UU. en 2020, exministro de Defensa, aún plantea preguntas sin respuesta. Mientras tanto, organizaciones como Iniciativa Sinaloa denuncian el financiamiento de campañas políticas con dinero del narco y la designación de jueces cercanos a capos, como Silvia Delgado, exabogada del Chapo Guzmán. Para Marlene León, su directora, el Estado mexicano “vive en negación” frente al poder del narco, lo que ha permitido su avance dentro del aparato institucional.
Los ataques armados a candidatos en elecciones municipales y estatales, la presencia de halcones en organismos de seguridad y la infiltración en alcaldías rurales muestran que el poder del narco no se limita al norte del país: ya controla territorios y decisiones administrativas en varias regiones del sur y del centro.
Venezuela: el poder armado del narcotráfico
En Venezuela, el “Cartel de los Soles” —presuntamente conformado por altos mandos militares— ha sido señalado por facilitar la logística del narcotráfico en rutas que conectan con Europa, África y EE.UU. Casos como el del general Hugo “El Pollo” Carvajal, ya condenado en Nueva York, y Clíver Alcalá, exgeneral vinculado a las FARC y al envío de toneladas de cocaína, confirman que la penetración militar no es mito, sino estructura.
Expertos en seguridad denuncian que el colapso económico y la centralización del poder han creado un escenario ideal para que redes criminales tomen control de zonas fronterizas, puertos y hasta instituciones. “La opacidad del régimen venezolano dificulta cualquier control efectivo. El narco forma parte del sistema”, afirma César Bátiz, director de El Pitazo.
Colombia: un modelo exportable
Colombia sigue siendo un ejemplo paradigmático. Desde Escobar hasta el Cartel de Cali, pasando por el auge de las BACRIM (Bandas Criminales) y el renacimiento de grupos como el Clan del Golfo y las disidencias de las FARC, el país ha sido un laboratorio constante de mutación del crimen organizado.
A pesar de los esfuerzos del Estado y la presión internacional, las rutas siguen activas y cada vez más diversificadas. Se calcula que más del 90% de la cocaína que llega a EE.UU. y Europa tiene origen colombiano. La diferencia hoy radica en los nuevos aliados: mafias mexicanas, balcánicas, turcas y africanas participan activamente en la cadena logística, financiera y de distribución global.
Además, Colombia enfrenta un dilema interno: mientras desarrolla estrategias de paz con ciertos grupos, otros se reconfiguran y ocupan los espacios dejados por las viejas estructuras. En este contexto, la infiltración en alcaldías, gobernaciones y organismos judiciales sigue siendo uno de los principales puntos ciegos del sistema.
Chile y Uruguay: los nuevos vulnerables
Durante décadas, Chile y Uruguay fueron señalados como ejemplos de solidez institucional. Sin embargo, los últimos años han roto esa imagen. En Chile, se han detectado redes de narcotráfico dentro del Ejército y la Policía, con casos de tráfico de armas, ketamina y cocaína, incluso desde bases militares.
“La penetración del narco en instituciones armadas era un escenario impensado hace una década. Hoy es una realidad que se intenta ocultar”, afirma Pablo Zeballos, analista regional. A esto se suma el aumento de homicidios vinculados a ajustes de cuentas entre bandas extranjeras que ahora operan desde Santiago, Valparaíso y otras ciudades.
En Uruguay, el caso del narcotraficante Sebastián Marset —fugado con ayuda de funcionarios del Estado que le facilitaron documentos oficiales— ha sido un punto de quiebre. Marset, buscado por varios países y señalado como articulador entre mafias paraguayas y europeas, logró salir del país con total facilidad. ¿Cómo? Con ayuda desde dentro.
“El caso Marset nos enseñó que incluso en democracias estables, el narco puede encontrar grietas institucionales si el dinero alcanza o si las redes de complicidad están bien estructuradas”, concluye Zeballos.
Centroamérica: el corredor estratégico
Honduras, Guatemala y El Salvador han sido históricamente rutas clave del narcotráfico hacia Estados Unidos. Hoy, además, son terreno fértil para la consolidación de alianzas entre carteles mexicanos y pandillas locales, como MS-13 y Barrio 18.
La reciente condena del expresidente hondureño Juan Orlando Hernández por narcotráfico en EE.UU. demuestra hasta qué punto el poder político puede ser cooptado por estas redes. Hernández, acusado de facilitar el tráfico de toneladas de cocaína, utilizó su cargo para proteger y expandir los intereses del narco.
Mientras tanto, en Costa Rica —tradicionalmente considerada como un oasis de paz—, el aumento del narcotráfico ha llevado a un repunte de homicidios, corrupción policial y disputas entre bandas locales e internacionales.
Europa, EE.UU. y Canadá: los otros frentes del tablero
Mientras América Latina lidia con las consecuencias internas del narco, Europa se consolida como el nuevo mercado premium. Países como Bélgica, Países Bajos y España han detectado alianzas entre mafias balcánicas y carteles latinoamericanos, especialmente mexicanos y colombianos.
El puerto de Amberes se ha convertido en uno de los principales puntos de ingreso de cocaína a Europa. Desde allí, se distribuye a Alemania, Francia e Italia. El uso de contenedores marítimos, empresas fachada y sobornos a funcionarios aduaneros demuestra que el narco opera con lógica empresarial e internacional.
Estados Unidos sigue siendo actor clave. Además de recibir la mayoría de la cocaína que circula en el hemisferio, su sistema judicial se ha convertido en espacio decisivo para procesar —o exonerar— a figuras clave. La liberación del general Cienfuegos tras presiones diplomáticas mexicanas mostró que la lucha contra el narco también tiene límites geopolíticos.
Canadá, por su parte, ha detectado la penetración de capitales narcos en sectores como el inmobiliario, financiero y tecnológico. La RCMP ha emitido alertas sobre lavado de dinero proveniente de carteles latinoamericanos y su uso para comprar propiedades de lujo en Toronto, Vancouver y Montreal.
¿Hay salida?
Para analistas y activistas, la solución no puede centrarse exclusivamente en militarización. “El despliegue de fuerzas armadas sin control ni inteligencia institucional puede ser un regalo para el crimen organizado. La experiencia lo demuestra: cuando se improvisa, el narco se infiltra aún más”, dice Zeballos.
La respuesta pasa por cuatro frentes: fortalecimiento institucional, cooperación judicial internacional, rendición de cuentas y educación social. Sin estos elementos, el narco seguirá operando como un Estado paralelo: con reglas propias, estructuras funcionales y una capacidad de corrupción que supera a muchos gobiernos.
Porque si el narcotráfico ya no reconoce fronteras, tampoco deberían tenerlas la justicia, la ética y la voluntad política para enfrentarlo.



